Ya está. Estoy titulado. 20 años de educación han dado frutos. En unos meses, podré orgullosamente recoger mi título y cédula profesional. ¿Para qué? No lo sé, espero que la respuesta llegue por si sola, aunque, la verdad, lo dudo mucho.
Licenciado en Relaciones Internacionales. Eso es lo que digo que soy, y cuando me preguntan qué sé hacer, la respuesta resulta ser ridícula. Recuerdo que mi buen amigo Pavel, haciendo labor comunitaria en la Sierra de Guerrero, fue igualmente cuestionado por los pobladores. ¿Qué sabes hacer?, dijeron. Leer y escribir, respondió. Risas y un "igual que nosotros" fue la únanime conclusión. No hubo ninguna mentira.
La realidad es que el título no dice nada. Sí, estudié relaciones internacionales, pero no ejerzo, y no estoy siquiera seguro de qué significa ejercer. Aprendí no un mapa curricular, sino lo que mis intereses, valores y capacidades permitieron. La universidad fue un rito de paso, una escuela alejada de la vida cotidiana, de la calle y el escritorio.
Creo que otra educación es necesaria. En mi caso, yo tengo que procurarmela. Sin embargo, dejar al individuo expuesto a los vaivenes del mundo laboral, sin las herramientas necesarias para poder actuar en él de forma que le sea benéfica, está lejos de ser la labor ideal de la escuela. Más, si han sido 20 años
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