lunes, 4 de abril de 2011

De inmolados y mártires

Hemos perdido la cuenta de los muertos. Se dicen que son 30, 40 o 50 mil. Los desaparecidos, permanecen. Los jóvenes asesinados son transformados en criminales por acción de la propaganda oficial. Vivimos en una guerra que no pedimos, que no puede ser ganada, que no tiene justificación. Es la sima de la ineptitud gubernamental, de la dislocación de los intereses de los poderosos y los nuestros, los que caminamos, los mexicanos que sufren día a día su país.

Del sufrimiento parecía que no podríamos pasar a la acción. En largas conversaciones sobre Túnez y Mohamed Bouazizi, nos cuestionamos si en México hacía falta que alguien se inmolara para despertar. La respuesta evidente era: si ya son decenas de miles, qué puede cambiar uno más. Desesperanza, apatía, inmovilismo, y el país cayéndose a pedazos.

La semana pasada, en un lamentable suceso como tantos otros, murió asesinado el hijo del poeta Javier Sicilia, Juan Francisco (2 años menor que yo). El dolor del padre ha sabido llegar a todos. Leí, conmovido, como afirmaba que ahora todo joven caído, para él, se llamaba Juan Francisco Sicilia.

Javier ha sabido denunciar no sólo la violencia, sino las podridas entrañas de los gobernantes de este país, políticos y narcotraficantes. Sus cartas han recorrido las redes sociales, los medios de comunicación; han sido recorridas por nuestros ojos y han sido un catalizador para poner las cosas en marcha en este país.

Hoy corren por las redes sociales convocatorias a marchar el próximo miércoles a las 17 horas. En la ciudad de México, será de Bellas Artes al Zócalo. Aquí no hay detrás políticos delirantes, corruptos profesionales, fuerzas destructivas de la cohesión social y la vida cotidiana de este país. Detrás están los padres, las madres, los amigos de los muertos. Debemos estar nosotros también, potenciales blancos en una guerra que no tiene fin y que no respeta a nadie. Una guerra en la cual podemos convertirnos, en cualquier momento, en daños colaterales, en sicarios supuestos, en muertos dispensables en un delirio que tiene que terminar.

Las calles son del pueblo, no del ejército ni de los criminales, sean políticos o narcotraficantes. Es hora de retomarlas. Desde la calle podemos construir un proyecto político distinto, podemos construir una revolución popular. Los ejemplos en África parecen lejanos. Los inmolados no corresponden a nuestra realidad. La indignación, la frustración, la ira y la voluntad de cambio es idéntica. La hora ha llegado. Tenemos la obligación de ser valientes. Nuestros hermanos, amigos, hijos y padres muertos nos lo exigen. La vida, también.

No hay comentarios:

Publicar un comentario