Ando titulándome. Eso explica mis ausencias de este espacio. Emoción, ansias y preocupación, sumadas a la necesidad de perseguir sinodales me ocupan día a día. Titularse, resulta, es un proceso que no únicamente exige compromiso intelectual, sino condición física (al menos en la UNAM).
Justo en esas andaba el lunes pasado. Viendo la hora, decidí tomar un taxi en Periférico y Desierto de los Leones. El taxista era amable, pero algo no cuadraba del todo. La plática pronto derivó a la homosexualidad. Me contó que el era muy liberal. Creía que el sexo era "rico" y no debía haber complicaciones. Estando yo de acuerdo, pronto el tema era poco polémico y cambió.
Me preguntó a dónde iba. Le conté que estaba próximo a ser mi examen profesional. Me felicitó. Siguió interrogándome sobre mi tema de tesis, mi facultad, mis aspiraciones a futuro y otros tantos lugares comunes. Me deseó suerte.
Resultaba que era él egresado de Administración de Empresas por la UNAM. En el 94, lo había perdido todo, un mes antes de su boda. Afortunadamente había invertido en taxis: tenía 5. Al principio, no manejaba, luego 3 horas, al final 12. Ya sólo tenía 3 coches. Sentenció al final: "ojalá que no te pase como yo, que terminé de taxista".
El silencio incómodo fue roto por la confesión buscada: "soy bisexual", dijo. Sin preguntarle me contó que era activo, que su esposa no sabía nada, que jamás la dejaría por otro (u otra), que el sexo debía disfrutarse, que las etiquetas no servían, que la educación hacia falta y que el estigma debía desaparecer. No pude sino asentir, al tiempo que le agradecía, le pagaba y corría para encontrarme con mis sinodales.
Espero no manejar un taxi, aunque siempre agradeceré encuentros interesantes como ese.
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