Domingo por la noche, Valle de Bravo. En teoría, disfruto de un puente lejos del trabajo, de la rutina, del aburrimiento cotidiano y de la aberración de un empleo sin futuro.
Sueño. Algo grandioso sucede ahí. Estoy en un lugar que no parece ser una oficina, pero lo es. Mis jefes y empleadores están sentados frente a mi. Los miro de frente y suelto la noticia anhelada: renuncio. Sus caras de incredulidad sólo sirven para reafirmar mi decisión y la alegría que viene con ella.
Sigo soñando. Salgo de mi antiguo trabajo con una sonrisa y la frente en alto. Nada me preocupa, pues he ideado el plan perfecto para vivir bien sin jamás pisar una oficina.
Despierto. Recuerdo minuciosamente cada parte de mi sueño, excepto el secreto del autoempleo. Ni pedo. A seguir buscando.
(Nota mental: olvídate un poco del trabajo, soñar con él no puede hacerte algo más que mal, mucho mal).
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